En un cuarto lleno de asesinos, yo, la peor de todas, la que por corazón tiene una guadaña que se mece, jugué a ser ángel y conciencia.
Te tiran y te empujan; soy parte y culpa de la sangre que prevees; te dí una mano y con la otra me metí a registrar tu miedo, pero te arrojo y te condeno a caer de rodillas ante los verdugos, porque mi lengua es demasiado tibia para aniquilar el juicio definitivo que fue sentenciado entre tazas de té barato.
En medio de la mesa pendes crucificada y aquí Dios no existe.
Daniela A. Muñoz RoccoTodos los derechos reservados
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